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Rodolfo

viernes, 7 de mayo de 2010

Mi confrontación con la docencia

MI CONFRONTACIÓN CON LA DOCENCIA
Rodolfo Casasola Macedo.
• ¿Cuándo, cómo y por qué me inicié como maestro?
Mi encuentro con el magisterio lo determinó la vocación, que se manifestó de forma casi espontánea en mi juventud. Luego hubo una rectificación de la ruta que llevaba mi preparación profesional.
En mi niñez tuve el interés de ser maestro, que quizá no lo percibí de manera conciente, ya que mi decisión de estudio, luego de haber concluido los estudios de secundaria fue en el sentido de estudiar una carrera de ingeniería. No me percaté o quizá no tuve la orientación vocacional adecuada para percibir o descubrir que mis intereses personales se enfocaban hacia otro rumbo: la docencia. Había ciertos signos o indicios en mis intereses que no supe interpretar adecuadamente en la etapa de la definición de la ruta que debía seguir mi preparación para la vida y, en el momento de la elección, me decidí por una carrera técnica, precisamente de ingeniería en el Instituto Politécnico Nacional (IPN).
La atracción por el magisterio se dio de forma muy importante para mí en la etapa en que fui estudiante de secundaria y esa afinidad la determinó, sin duda alguna mi maestra de de ese entonces. Yo estudié en una escuela Telesecundaria (de 1970 a 1973). En los primeros tiempos de esta modalidad educativa de los que soy partícipe, su estrategia básica consistía en tomar clases de maestros que aparecían en la televisión y en nuestro grupo teníamos a un docente denominado “maestro coordinador”, el cual reforzaba los contenidos presentados en la pantalla de la televisión por los maestros de todas las materias con actividades que los alumnos debíamos desarrollar para la apropiación y reforzamiento de dichos contenidos. La maestra coordinadora que tuve en primero y segundo grado era para mí una Maestra en toda la extensión de la palabra. Era muy dedicada a su labor docente. Quedó muy grabado en mí su diligencia y entrega a la enseñanza, lo cual era el producto de una vocación magisterial innegable. Mi maestra era la profesora Luz Coria Quiroz. Simplemente no le veía yo falla alguna. La percibí especialista en todo: en español, matemáticas, historia, física, química, etc. Era una persona poseedora de una gran cultura, con un léxico siempre correcto, una presentación personal impecable, hablaba perfectamente inglés ¡y náhuatl!, sus clases de historia de México eran muy interesantes, sabíamos que era especialista en la cultura mexica y que fue aspirante (sin éxito) a participar con dicha temática en el muy conocido programa de televisión de aquel entonces llamado “El Gran Premio de los 64,000 Pesos”. Sus clases de Civismo fueron para mí un hito importantísimo que trascendió el aula de clases. Yo esperaba ansiosamente esa materia porque ahí había de su parte relatos y consejos. Las exigencias que recibimos sus alumnos de ella marcaron profunda y positivamente mi actuar personal de toda mi vida. Por la buena ortografía, por el hablar de manera correcta por manifestar socialmente actitudes correctas, influyeron positivamente mi formación personal y mi capacidad de comunicación verbal y escrita (que son parte de los requisitos imprescindibles de todo docente): me transmitió el gusto por los libros y la lectura. En fin, era para mí la maestra perfecta, la que debería emular. Sin embargo poco antes de terminar la escuela secundaria algo incomprensible para mí me llevó a escoger el IPN, en lugar de buscar el ingreso a una Escuela Normal, como hubiese sido lo deseable para mí.
Realicé mis estudios de bachillerato en una escuela Vocacional en el Distrito Federal y al egresar de ella me inscribí e la Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica (ESIME) del IPN. Sin embargo, mi insatisfacción conciente o inconciente me hizo ir cambiando la ruta en la que viajaba mi vida. Siendo estudiante del “poli” era mi parte de mi pasatiempo ayudar a mis vecinitos estudiantes de secundaria. Acudían a mí para que les “diera clases” de matemáticas y entendieran lo que no comprendían de sus maestros. Como único pago de los muchachitos que se acercaban a mí para recibir apoyo era la satisfacción de sentir que sí podía yo ayudarlos a aprender y recibir su reconocimiento con frases como “tú deberías ser mi maestro” o “tú sí sabes enseñar matemáticas”. Cuando cursaba la mitad de la carrera de Ingeniero en Comunicaciones y Electrónica en la ESIME tuve la necesidad de buscar trabajo para sostener mis estudios y me topé con una disyuntiva que ahora con el tiempo la reconozco como crucial en mi vida: la oportunidad de lograr un trabajo en la compañía Teléfonos de México, a la sazón una empresa del sector estatal y en la cual laboraba uno de mis hermanos quien me ofrecía recomendarme para acceder a una plaza en la empresa; esta posibilidad era muy atractiva para mí ya que laborar en Telmex era desarrollarme en la carrera que estaba estudiando. El otro ofrecimiento que me hizo un maestro de mi pueblo era ocupar una vacante de maestro de matemáticas en una Escuela Secundaria oficial del subsistema del Estado de México. Mi decisión inmediata se dio por la segunda oferta y gustosamente hice todos los trámites necesarios para ingresar y fui contrado como docente de una escuelita secundaria en el municipio de Acolman, Estado de México. ¡Con qué gusto abracé la carrera magisterial! No me importaron las críticas de mi hermano que desaprobó tal decisión argumentando que mi futuro económico estaba asegurado si hubiese elegido a Telmex y, en palabras de él, como maestro no sería más que “un muerto de hambre”. Mi vida dio un giro en un sentido distinto. Fue tal mi satisfacción personal por estarme desarrollando en una actividad tan atrayente para mí que casi inmediatamente traté de matricularme en una Escuela Normal Superior, para especializarme como docente de matemáticas en los cursos intensivos de verano. Tuve primero una fallida intentona. Fui admitido en la Escuela Normal Superior de México (ENSM) y digo intentona fallida, porque aunque logré el ingreso a tan prestigiosa e importante institución educativa. Luego de aprobar el curso de nivelación pedagógica, que se daba a quienes ingresaban sin el antecedente de la Escuela Normal, ya no me fue posible seguir y concluir ahí mis estudios porque en el verano de 1983, la Secretaría de Educación Pública (SEP) desconoció los cursos intensivos de la ENSM por razones políticas y luego de un verano muy intenso en el que participé con mis compañeros en la defensa de nuestra escuela y cursos con marchas, mítines, asambleas, agresiones de las fuerzas policíacas, etc., finalmente la lucha se perdió ya que en agosto de 1983, al término del curso de verano, los granaderos invadieron la Escuela, la cual fue clausurada y “descentralizada”. Uno de los planteles descentralizados de la ENSM lo abrió la SEP en Querétaro y me ofrecieron acudir ahí para el siguiente curso de verano. Lo cual muy dignamente no acepté. Muchos de mis compañeros sí se fueron para allá o a algunos de los otros 3 centros distribuidos en la República. Consideré que no tenía caso dar la razón al gobierno federal que nos había reprimido y cerrado nuestro centro de estudios; era una forma de reconocer la derrota total.
Para 1984 realicé examen de selección en la Escuela Normal Superior No. 2 del Estado de México y fui aceptado en los cursos intensivos de verano de la “Licenciatura en Pedagogía con especialidad en Matemáticas”. En 1990 egresé de dicha institución y e 1993 logré mi título profesional. Mi dedicación al magisterio fue total. Ha sido el magisterio una fuente permanente de satisfacciones personales que han llenado mis expectativas de vida. Hoy a 27 años de esa elección que realicé, no me arrepiento de haber rectificado el camino, sé que desarrollo mi vocación y me desenvuelvo en lo que sé hacer y que con el ejemplo me enseño mi maestra Luz en la escuela Telesecundaria.
• ¿Qué pienso y siento de ser profesor?
Un gran orgullo, pero también una responsabilidad mayor debido a que en las manos del docente está el futuro de nuestro país. El docente será, para bien o para mal, el ejemplo del alumno.
• ¿Qué ha significado ser docente en educación media superior?
Trabajar en este nivel educativo representa un gran reto y a la vez la oportunidad de convivir con una parte de la sociedad que por tradición se la considera problemática. Sin embargo, cuando al alumno adolescente se le trata con la suficiente inteligencia para no hacerlo sentir víctima de autoritarismos o imposiciones, éste se manifiesta con una disposición buena en muchos sentidos, por ejemplo: el personal y en su trabajo académico. En los jóvenes alumnos del nivel medio superior se debe valorar su espíritu de la justicia, su amor a la defensa de causas justas, su búsqueda de identidad e individualidad, su rompimiento con los cánones establecidos, su búsqueda del amor, su sentimiento de solidaridad, etc. Cuando un docente logra entender plenamente todas estas características y logra que el alumno perciba o tenga la sensación de un sincero reconocimiento a sus cualidades y lo trata con justicia y sin simulaciones, hipocresías o disfraces, entonces, será un Maestro de jóvenes con pleno derecho de ser reconocido como tal.

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